viernes, 30 de noviembre de 2007

La herejía de los cátaros


Pese a ser condenados por la Iglesia, los cátaros fueron, a su modo, auténticos cristianos. Frente a la corrupción que veían en la jerarquía católica, ellos trataron de vivir según las enseñanzas del Evangelio.

Según Pèire Autier, un prestigioso notario y jurista occitano que a principios del siglo XIV lo abandonó todo para entregarse al catarismo, cabía adoptar dos caminos en el mundo religioso medieval: el de una Iglesia que huye y perdona, que sigue el ejemplo de los apóstoles; u el de otra que posee y desolla, la Iglesia de Roma. Esta última, persigue y mata a todos aquellos que se oponen a sus pecados y a sus prevaricaciones; y no huye de ciudad en ciudad, sino que se asienta con toda grandeza y pomposidad. En la cristiandad medieval había, por tanto, una Iglesia oficial, poderosa y mundana, que se había alejado por completo del mensaje evangélico, y una Iglesia de Cristo auténtica, fiel seguidora de la vida apostólica, consecuente con los principios evangélicos y víctima de la persecución que Jesucristo había anunciado a sus seguidores más genuinos. Bajo esta premisa nació el catarismo, el más importante movimiento religioso disidente que se extendió de forma discontinua por Europa entre los siglos XI y XV. Los cátaros eran firmes seguidores de Jesús: consagraban su vida a las sagradas escrituras, con una predilección especial por el evangelio de Juan; reproducían los ritos, las prácticas y el modelo de organización del cristianismo primitivo, y, por último, creían en un modelo de salvación fundado en la recepción de un único sacramento, el bautismo del Santo Espíritu, llamado por ellos consolament. La mayoría de las Iglesias cátaras admitían un dualismo, es decir, la existencia de dos principios originarios, opuestos e irreconciliables: Dios, autor de los espíritus, del bien y del Nuevo Testamento, y creador de una obra incorruptible y eterna; y Satanás, autor de la materia, del mal y del Antiguo Testamento, y de todas las cosas vanas y corruptibles (incluyendo el universo, el mar, los animales, los seres humanos…). Precisamente, los ángeles caídos del paraíso estaban condenados a permanecer encerrados para siempre en esos cuerpos de carne. Para los cátaros, el único objeto de la historia de la humanidad consistía en lograr la salvación sucesiva de unos espíritus caídos que, en caso de no recibir el consolament —el único sacramento del catarismo— en el momento de su muerte, vagarían consumidos por el fuego de Satanás, al menos hasta que no lograsen encarnarse en otro cuerpo y emprender una nueva vida. La iglesia de los cátaros fue brutalmente reprimida por la iglesia de Roma, y puso fin a su existencia a finales del siglo XIV en las tierras occitanas, en el norte de Italia a principios del siglo XV y, como último reducto, en las tierras de Bosnia con la invasión de los turcos a mediados del siglo XV.

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